Diario de un ciclista en cuarentena

JOSEP TOMÀS I JUAN. Corredor del Netllar Telecóm Alé

Día 34.  A falta de pan buenas son tortas

Te levantas, te pesas, te tomas las pulsaciones en reposo, desayunas, anotas como te sientes, cuánto y cómo has dormido y haces dos horas de rodillo con la compañía de Marc Cabedo. Hoy, como hace un par de semanas, me apetecía mantener el ritmo, es decir, “pedalear” un perfil de potencia tan llano como el de una meseta, y que a la larga me ayudará a mejorar la capacidad aeróbica. En condiciones ideales hubiesen sido cuatro horas en la carretera, pero a falta de pan buenas son tortas, como venimos diciendo este último mes.

Eso ha sido todo lo que he hecho de ciclismo por hoy, pues las vacaciones de Pascua terminan y me estoy poniendo al día por lo que a tareas de clase se refiere. Es una pena, pues leyendo libros de matemáticas me estaba divirtiendo mucho, pero al menos hay costumbres que seguirán ahí, como el ciclismo o las pequeñas lecturas de los mediodías, o como jugar con mi buen amigo, otra vez más a minecraft.

Resulta curioso que después de tanto tiempo pueda resultar tan divertido el mismo videojuego jugado con la misma gente. En mi opinión, este hecho se debe a que en el minecraft he descubierto la fuente de la juventud eterna, ese lugar donde las mismas tonterías que te hacían reír sin parar hace seis años lo continúan haciendo ahora. Y a pesar de lo que se pueda pensar, dicha práctica resulta increíblemente catárquica y me está ayudando mucho a pasar la cuarentena. De hecho, espero que estos largos días de soledad les hayan ayudado a cada cuál a encontrar su pequeña fuente de la tontería eterna lejos del alcohol y las drogas, porque en ella se está increíblemente cómodo.

Dicho esto, y en previsión que la cuarentena esté ya terminando, escribiré por aquí uno de los últimos pasajes que tengo apuntados de “La autopista del Sur” y que dice lo siguiente: “En la noche, los grupos ingresaban en otra vida sigilosa y privada; las portezuelas se abrían silenciosamente para dejar entrar o salir alguna silueta aterida; nadie miraba a los demás, los ojos estaban tan ciegos como la sombra misma. Bajo mantas sucias, con manos de uñas crecidas, oliendo a encierro y a ropa sin cambiar, algo de felicidad duraba aquí y allá. La muchacha del Dauphine no se había equivocado: a lo lejos brillaba una ciudad, y poco a poco se irían acercando”.

Publicado por Julian

Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad de Navarra.

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